Vuelta a Menorca con el Velero Nui (10 días)
Embarcamos a bordo en Mahón. Allí nos conocimos todos,
todo el mundo mostraba su curiosidad por saber como ibamos a organizar
el viaje y cual sería la dinámica a seguir a bordo.
Lo primero que hacemos es la compra, que aunque parezca sencillo
no lo es tanto: vamos seis personas a bordo y no podremos volver
a comprar nada hasta llegar a Ciudadela, no hay que olvidar nada
y hay que contentar los gustos de todos.
Compramos el pescado fresco en el "mercat del peix" de Mahón,
esta noche cenaremos pescado al horno.
Por fin soltamos amarras, nadie sabe muy bien como ayudar aunque
todos lo intentan.
Hay risas y nervios.
El trayecto por el puerto de Mahón es precioso, pasamos por
la isla del Rey, por Es Castell, por la isla del Lazareto y finalmente
llegamos al final del puerto mientras admiramos La Mola.
Como el viento sopla del Norte ponemos rumbo al Sur de la isla.
Izamos las velas y con el viento en popa pasamos por el paso de
la isla del Aire por encima de unas aguas cristalinas que ya prometen
unos baños memorables.
A partir de aquí pasamos frente a Binibeca y Cala Torret,
pero parece que los barcos fondeados se mueven mucho, por lo cual
seguimos hasta la olla de Binisafulla donde fondearemos para pasar
la noche.
La olla de Binisafulla es como un recoveco en las piedaras de forma
redonda con un diametro de unos 25 m, el fondo es de arena blanca
y eso hace que las aguas sean de color turquesa.
Allí pasamos la noche, y tras una cena compuesta de ensalada
y pescado al horno, nos pusimos todos a reconocer las constelaciones
del cielo con una copita de ron en la mano.
A la mañana siguiente, al despertar, lo primero que hicimos
fue bañarnos antes de desayunar.
El viento sigue de Norte, tomamos rumbo hacia las calas del Sur
de la isla, navegamos a un descuartelar con rachas fuertes que hacían
escorar el barco de repente.
En un trecho relativamente corto de costa nos encontramos con varias
de las calas más bonitas que uno se pueda imaginar, algunas
son más conocidas como Macarella y Macarelleta, y cala n'Turqueta,
pero otras son más desconocidas como Escorxada o Es Talaier.
Pasamos tres días holgazaneando por esa zona, si el día
pintaba bien para navegar por la mañana nos haciamos a la
mar sin un rumbo fijo, solamente para disfrutar del placer de sentir
el barco deslizandose por el mar sin oir nada más que la
roda cortando las olas.
Además siempre echabamos una linea de curry por si acaso
pescabamos algun pescado que nos alegrara la cena.
Despues por la tarde nos "relajabamos de las arduas tareas de la
navegación" disfrutando de una merecida siesta bajo el toldo,
y si el calor apretaba, un chapuzón lo solucionaba.
Se me olvidaba comentar las tertulias despues de comer, que resultaban
de lo más variopinto debido a que los que ibamos a bordo
no nos conociamos y cualquier tema nos resultaba interesante.
Por fin decidimos dirigirnos hacia Ciudadela, no se si por cambiar
o porque el agua dulce se estaba acabando.
El caso es que partimos de Son Saura para llegar a Ciudadela tras
unas horas de navegación.
Allí tocaba un poco de intendencia, cargar agua, revisar
las provisiones e ir al mercado a comprar comida fresca. Una vez
cumplidas las obligaciones de a bordo cada uno se fue por su lado
a explorar la ciudad, con sus callejuelas empedradas y sus palacios
góticos.
Esa noche nos fuimos todos a cenar a un restaurante del puerto;
de esta manera nadie tuvo que cocinar ni limpiar los platos; y las
botellas cayeron una tras otra, las pequeñas verdades de
cada uno fueron aflorando y todos tuvimos oportunidad de reirnos
juntos.
El día despues fue duro: todo el mundo desayunó una
aspirina junto al café.
Pero el viaje continuaba, y esta vez nos quedaba el Norte de la
isla por explorar.
Tras unas horas de navegación a motor, ya que el viento
brillaba por su ausencia, llegamos a la cala de Algaiarens. Esta
cala está formada por dos playas de arena blanca y allí
pudimos volver a relajarnos con los baños y las siestas tras
el ajetreo de Ciudadela.
Desde allí nos fuimos a Cala Pregonda: no sé muy
bien como explicar la belleza de esta cla al atardecer, los colores
rojos se funden con el verde de las plantas y el rojo de la puesta
de sol. No recuerdo haber estado nunca en un lugar tan mágico,
¡lo mejor es vivirlo!
Fornells se encuentra a unas pocas millas de Pregonda y aprevachamos
el viento térmico para dar unos bordos y plantarnos en la
entrada de la bahía de Fornells.
Por segunda vez fuimos a cenar fuera, esta vez para degustar la
famosa caldereta de langosta. Aunque la verdad es que no nos excedimos
como en Ciudadela.
Por la mañana nos dirigimos, otra vez a motor, hacia la
Illa Colom, pero como estaba muy llena de barcos nos acabamos fondeando
en Cala Tamarells frente a una atalaia de vigilancia inglesa, allí
pasamos la tarde y la noche practicamente solos.
A bordo se respiraba una cierta tristeza, esa era nuestra ultima
noche en una cala, y ya todos pensaban en el fin del viaje.
Ya solo nos quedaba un corta trecho para recorrer las ultimas millas
hasta la Mola de la entrada del puerto de Mahón.
Todos sabían ya plegar las velas y preparar las maniobras,
los más hábiles hasta lograban hacer los nudos marineros.
Esa última noche en puerto fuimos a cenar un gran trozo
de carne con vino tinto, a todos nos apetecia muchísimo tras
tantos días de mar.
Los brindis por el viaje y el patrón se sucedieron uno tras
otro, y algunos hasta se fueron a bailar hasta altas horas de la
noche.
A la mañana siguiente despedidas y abrazos frente a los taxis.
Nuevos amigos y buenas vacaciones.
En fin: un viaje inolvidable.
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